La realidad de un niño es distinta. Es una realidad que no es de nadie, ni tan siquiera es suya; es un mapa cambiante dónde todo es posible. Pero, al final, parece condenada a ser sólo

un pequeño sendero... Un sendero que lleva al lugar dónde está la realidad de los demás.

Esos "demás", esos que te dicen que "las cosas son así", esos que te enseñan a caminar,

que te enseñan qué pensar e, incluso, qué soñar.

 

La realidad es que esa condena la ejecuta el propio niño, ese niño que deja de serlo.

Y es que no hay más realidad que la que uno mismo construye, o destruye.